La culpabilizaciòn de chicas adolescentes y jòvenes bajo un sistema patriarcal.

Desde que tengo uso de razón he sentido culpas por no ser una buena mujer. Y no, no son culpas achacadas a mi rebeldía ni a mi condición de feminista; porque solo hace pocos años empecé mi activismo, mi empoderamiento y mi proceso de desaprender lo aprendido.

Somos chicas aparentemente libres, modernas, con diferentes ocupaciones: algunas estudiamos, otras trabajamos, otras trabajamos y estudiamos y demasiadas combinan alguna de estas cosas con el trabajo doméstico y el de cuidados de hijes y personas mayores. Ya estamos presentes en los espacios laborales, aunque no de la forma en que a muchas nos gustaría. Sin embargo… las culpas  -varias, de distintos tipos y en diferentes ámbitos, pero todas construidas por el sistema patriarcal- nos siguen acompañando.

Tenemos directrices, explícitas e implícitas, sobre cómo debemos actuar, ser, estar, caminar, vestir, besar, mirar, contestar, intervenir, participar… sobre como debernos relacionarnos para poder ser mujeres correctas y normativas. Para ser socialmente aceptadas como tal.

Nos sentimos mal si tenemos relaciones sexuales con alguien si lo conocemos desde hace poco, o si las tenemos con varias personas en determinados períodos de tiempo, y nos obligan a sentirnos, y a llamarnos, fáciles. El hecho de que nos juzguen por la forma en que nos relacionamos en plano afectivo y/o sexual, a buen seguro, no será ajeno a ninguna de nosotras.

Pero no se nos pregunta si es que nos apetece tener todas esas relaciones sexuales, o si disfrutamos en ella, o si obtenemos placer y estamos satisfechas.

Como si fuésemos una cosa o un objeto que puede venderse o conseguirse. Como si al tener una relación sexual dejásemos de ser nuestras para ser propiedad de alguien, como si nosotras no pudiésemos o no supiésemos disfrutar del sexo, con nosotras mismas o con lxs demás. Como si en esas relaciones sexuales, únicamente nos entregásemos sin ser sujetos activos que gozan, que sienten, que disfrutan.

He aprendido a hacerme la difícil. Sé lo que es hacerse la difícil, no parecer fácil, porque me han educado, en la sociedad, para ser mujer – objeto.  Sin embargo, no he aprendido a masturbarme, ni a disfrutar de algunas partes de mi cuerpo (el clítoris, por ejemplo), que está para darme placer. Nunca se me ha educado en la propia satisfacción.

Probablemente este proceso se me ha impuesto de una forma semejante a la que se le ha impuesto a mis compañeras. Sí, a esas compañeras con las que me han enseñado a competir, y a las que aprendí a odiar y a ver como rivales. Esas compañeras que probablemente han sufrido situaciones parecidas, pero con las que no he podido compartirlas porque no me han enseñado a sororizar[1], sino todo lo contrario. ¿Quién no ha escuchado nunca la típica expresión “Es que las mujeres sois más malas entre vosotras”?

Asumiendo pues, esta afirmación desde mi adolescencia temprana, y teniendo que aceptar casi a la fuerza que era verdad, cualquier transgresión de la norma proporcionaba, ha proporcionado y sigue proporcionando culpabilidad.

Esa es una de las verdaderas armas y estrategias del sistema patriarcal. La culpabilidad, rivalidad entre las mujeres, su competencia y el control mutuo. Solo de esa forma ha sido posible nuestra sumisión y nuestra no revelación. Una aceptación resignada que solo con mucha información, sororidad de esa que nos niegan, paciencia con nosotras mismas y apoyo podremos empezar a cambiar.

No vivimos con el fin último de hacerles felices o de complacerles. Somos personas autónomas, individuales, y debemos de tratar, día a día, de hacernos felices a nosotras mismas, eligiendo, siempre y en todos los aspectos, aquello que prefiramos. No podemos seguir viendo nuestra sexualidad como algo negativo si pretendemos conocernos a fondo y disfrutar de nuestro cuerpo: el requisito imprescindible es que esta sexualidad, y cualquier práctica sexual que de su vivencia se derive, ha de ser VOLUNTARIA. Deberíamos tener el derecho de decir sí y no exactamente en el momento en el que nos diera la gana.

También para poder tener bienestar y vivir libres, deberíamos vestir con las prendas que nos apeteciese en cada ocasión sin miedos a reproches, a agresiones verbales (a las que siguen empeñados en llamar piropos) en los espacios públicos y sin miedo a sufrir vejaciones y agresiones sexuales. Sí, también salir a la calle y disfrutar de ese espacio público que debería pertenecernos pero que todavía sigue suponiendo una amenaza para una chica que no vaya con la compañía de un varón.  Pero no, nuestra realidad dista de ser la de personas libres, y seguimos conviviendo con ese miedo que nos culpa y culpabiliza por no ser hombres.

¿Bajo qué sistema se reproducen dichas violaciones? Un patriarcado poderoso que, gracias al capitalismo y a la perpetuación de roles y estereotipos de género y su binarismo, sigue estando muy presente en nuestra sociedad occidental, “moderna” y opresora.

Este verano los medios de comunicación han visibilizado varias agresiones sexuales. (Que no es que hasta ahora no sucedieran, sino que es ahora cuando han empezado a reconocerse). Como respuesta, en  materiales que pretenden hacer frente a estas violencias de género, en algunos espacios y desde algunas instituciones públicas, nos dan consejos sobre cómo  nosotras debemos prevenirla, sobre qué debemos hacer para evitarla y para defendernos. Se trata de consejos dirigidos hacia las víctimas, las propias mujeres que hemos visto negados nuestros Derechos Humanos desde que somos niñas.

Lejos quedan estos protocolos y estas prevenciones de una educación real en igualdad, por y para la igualdad; siendo más unas directrices dirigidas a nuestra propia autoprotección, a nuestra debilidad, a nuestra sensación de inseguridad y a la perpetuación de nuestra situación de vulnerabilidad. Son medidas que nos culpabilizan por ser como queremos ser y por ocupar los espacios de la manera en que nos apetece.

No son protocolos para nuestro empoderamiento ni autonomía, ni tampoco fomentadores de actitudes igualitarias y respetuosas por parte de los  hombres. Más bien, diría yo, medidas que nos hacen sentir que reside en nosotras y que de nosotras depende el que seamos o no agredidas y maltratadas.

Y todo esto se traduce también en culpabilidad. Sí, en un sentimiento de culpa constante del que despojarnos nos cuesta sudores, lágrimas, rabia, resistencia, enemistades, rechazos y un largo etcétera que, aun así, no nos va a permitir ser personas libres del todo, ya que ahí fuera siempre habrá alguien dispuesto a recordarnos que parte de la sociedad nos sigue viendo como propiedades que pueden usarse al antojo.

Está claro que la responsabilidad de que este sistema patriarcal continúe intacto es de las instituciones y administraciones públicas. Que no nos eduquen en igualdad en las escuelas e institutos no depende de nosotres. Sin embargo, me gustaría lanzarnos la pelota a nosotras y a nosotros, adolescentes y jóvenes, porque en nuestras manos sí que están los pequeños cambios, esos que suman y ayudan a que otras realidades sean posibles. A que nuestra realidad, la de todas las mujeres que os rodeamos, sea diferente y, de este modo, todas y todos podamos disfrutar más: de nuestra adolescencia, de nuestra juventud y de la vida en general.

El dejar de verse con el poder de abusar del cuerpo de una chica sólo porque a uno le apetece, y el no sumarse ni aceptar las bromas relativas a ello es, por ejemplo, un paso más. El que seamos capaces de reconocer que todes tenemos derecho a disfrutar de la calle a cualquier hora del día, sin tener que lanzar ningún piropo – agresión por el simple hecho de que una chica vaya sola o con otras chicas, es un logro. El que condenemos y rechacemos estos actos por parte de nuestros iguales, es imprescindible.

Por eso me atrevo a preguntaros, porque defiendo la implicación social de lxs jóvenes en este ámbito y porque confío en que somos una juventud comprometida, responsable y con ganas de un mundo mejor:

Y tú, y vosotres, ¿Os sumáis al compromiso por la igualdad?

Olga Tostado Calvo

Vocal de Igualdad CJEx

[1]Ser cooperativas y contribuir a establecer buenas relaciones entre nosotras, las mujeres, y no criticar o juzgar a la (s) otra (s) por ser diferentes, sino respetarlas y luchar en común