Se ha convertido en una suerte de guardián entre el centeno: vela por que las personas jóvenes no caigan en el abismo de la ignorancia y puedan convertirse en seres libres, autónomos y con pensamiento crítico. ¿Y cómo lo consigue? Sus únicas armas son los libros y la educación. Profesor de secundaria y activo promotor de la lectura, Fran Amaya se dedica también a formar a docentes en la lucha contra el bullying homofóbico. Hoy celebramos con él el Día del Libro.

-¿Qué papel crees que juega la lectura hoy en día entre la juventud? 

-Continúa siendo clave para que las personas seamos más que simples consumidores. Leemos para poner en marcha la imaginación e imaginamos para comprender cómo funciona el mundo. Si no somos capaces de comprender, jamás podremos cuestionar los movimientos políticos, económicos y sociales que se producen diariamente.

-¿Cuál es la situación en Extremadura? ¿Ha empeorado respecto a generaciones anteriores?

-Seguimos teniendo un déficit de lectura considerable. Según varios estudios, los extremeños no somos, en general, grandes lectores. Ahora bien, no creo que el hábito de lectura sea menor que en generaciones anteriores. Ahora la gente joven encuentra la lectura en múltiples soportes, con tan solo un teléfono móvil en sus bolsillos.

-¿Son las redes sociales sus espacios literarios de referencia?

-Lo cierto es que las personas jóvenes no entenderían el mundo en el que viven sin redes sociales y estas son un escaparate excepcional para encontrar aquellas obras y autores que les permiten identificarse. Un joven puede toparse en Facebook con los versos de amor de Benedetti que le recuerden a la historia que él mismo esté viviendo. Esta circunstancia, además, ha provocado que poetas, como Marwan, se conviertan en escritores de éxito entre los jóvenes gracias, también, a las redes sociales.

«Para reflexionar hay que saber leer y para leer hemos de ser capaces de dejar aparcadas a un lado las redes sociales para recuperar el silencio y encontrar el placer de llegar a una conclusión propia sobre cualquier tema.»

-¿Qué opinión te merecen los llamados «booktubers»?

-No podemos vivir de espaldas a la sociedad de la imagen. El «booktuber» es aquel capaz de elaborar un discurso multimodal en el que combina la palabra, la imagen y la música, que utiliza la red para mostrar su obra y que, finalmente, intenta persuadir a futuros lectores con entusiasmo y pasión. Sus productos son, por tanto, una motivación más para vivir la lectura.

-Si Cervantes tuviese Instagram, la geolocalización le impediría olvidar ese lugar de la Mancha de cuyo nombre no quería acordarse. ¿Estamos exponiéndonos demasiado en las redes? ¿Deberíamos reivindicar más el derecho a olvidar nombres, conocidos y cumpleaños?

-Uno debe saber que, desde el momento en que escribe algo en una red social, ya no es dueño de lo que ha escrito aunque lo haya hecho por mensaje privado. Las redes sociales nos ofrecen infinidad de posibilidades. Aramuburu, en su muro de Facebook estos días, decía que le gustaba ese contacto cálido y directo con el lector anónimo, pero la clave está en el uso personal que queremos o sabemos darle. En este sentido, es fundamental la reflexión individual sobre lo que implican y suponen en nuestra vida, claro que, para reflexionar, hay que saber leer y para leer hemos de ser capaces de dejarlas aparcadas a un lado para recuperar el silencio y encontrar el placer de llegar a una conclusión propia sobre cualquier tema.

-¿Crees que el Quijote sería de hacerse «selfies»?

-Don Quijote dijo a su escudero: «Sancho, yo sé quién soy». ¿Crees que alguien que tiene tan claros los ideales de justicia, libertad y fraternidad necesita mostrar una imagen de sí mismo constantemente? ¿No es acaso la apariencia enemiga de la realidad?

-Como docente, ¿crees que las campañas escolares de fomento de la lectura son efectivas?

-Creo que los resultados que se obtienen son, en la mayoría de los casos, peores de los esperados. Quizá el problema no esté tanto en las campañas como en que estas no son suficientes. Es necesario apostar decididamente por acercar el libro al lector para que la gente joven entienda que los momentos más intensos de su vida están ahí, en los libros, para que compruebe por sí misma, que, en un poema, puede reconocer una certeza a la que no sabía poner palabras.

-¿Tienes algún «truco» personal para inculcar el gusanillo de la lectura entre la gente joven?

-Intento elegir libros con los que los alumnos puedan sentirse reconocidos, busco un equilibrio entre los clásicos y la literatura del siglo XXI y últimamente hasta leemos novela gráfica. Les digo que, a mí, los libros me salvaron. Les hablo con entusiasmo, con pasión y les invito a que le den una oportunidad a la Literatura. Les prometo que no van a tener que memorizar obras, autores y características porque la Literatura se lee y se escribe.

-¿Qué es para ti un libro?

-Un ser pensante, una oportunidad para encontrar un espejo que siga definiendo nuestra identidad.

-Y cómo definirías tu profesión. ¿Ser profesor es, como se decía en la película Lugares comunes, despertar en los alumnos «el dolor de la lucidez»?

-Vuestra definición me lleva directamente al concepto de «duda agónica» de Unamuno, porque ser profesor, educar, es mostrarles que en la vida conviven realidad y deseo, dolor y placer, verdad y mentira, amor y muerte… Es una lanza a favor del conocimiento, a pesar de la decepción y del sufrimiento, frente a la ignorancia.

-¿Cuáles dirías que son las diferencias entre las personas jóvenes que leen y las que no?

-El joven que lee es siempre más peligroso que el que no lo hace porque el primero se está convirtiendo en un sujeto propio, crítico, poderoso… mientras que el segundo tendrá más difícil salirse de la manada.

-¿Qué libros te han marcado personalmente?

-Cada cierto tiempo llega un libro, una película o una canción que te transforman. De pequeño fueron El mago de Oz o Las tres reinas magas, de Gloria Fuertes, hace unos años Bomarzo, de Mújica Lainez y, siempre, la poesía de Luis García Montero, Gil de Biedma, Ángel González, Luis Cernuda, Lorca o Juan Ramón Jiménez.

«Es en Educación Infantil y, sobre todo en Primaria, donde se fragua la mayoría de acoso homofóbico porque el alumno insulta sin saber realmente cuáles son las consecuencias de este tipo de violencia, sin conocer, a veces, qué significa el insulto.»

-Si nos obligasen a quemar los libros como en Fahrenheit 451, ¿qué dos o tres ejemplares salvaría para legar a la humanidad?

Hamlet, William Shakespeare; El Quijote, Miguel de Cervantes y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Juntos y por separado son lo mejor que se ha escrito sobre el ser humano de todos los tiempos.

-Los libros ¿hay que leerlos hasta el final o se pueden abandonar si, como decía Kafka, no nos «golpean»?

-Ha habido pocos libros que haya dejado a medias porque soy tozudo y porque creo que siempre hay algo por lo que merece la pena ser leídos; eso sí, no siempre se produce el entendimiento entre ambas partes, a veces, incluso, es necesario buscarles un hueco en el futuro. Si este momento nunca llega, para ese lector mereció la pena el abandono.

-Trabajas en la formación de docentes para prevenir el bullying homofóbico, ¿cuánto y cómo puede ayudar un libro a las niñas y a los niños que padecen este tipo de discriminación?

-En la gran literatura se encuentra la psicología de nuestro tiempo. Si un niño lee Gloria Fuertes quizá sufra menos porque, a través de la lectura, ha aprendido que los Reyes Magos no siempre fueron hombres, que los colores no entienden de sexo y que las orejas grandes son sólo una parte más de nuestro cuerpo. Es en Educación Infantil y, sobre todo en Primaria, donde se fragua la mayoría de acoso homofóbico porque el alumno insulta sin saber realmente cuáles son las consecuencias de este tipo de violencia, sin conocer, a veces, qué significa el insulto. Una lectura infantil o juvenil que derriba estereotipos es siempre una gran ayuda para evitar este tipo de discriminación.