PedroCC“Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país, si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esta juventud es insoportable, a veces desenfrenada, simplemente horrible”.

Hesíodo (700 a.C.)

“Sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo”

Juventud Sin Futuro (2011)

Quien piense que la juventud no está espabilando corre el riesgo de cometer un error garrafal. Sobre todo si se presenta a las elecciones estas próximas semanas. Los tiempos están cambiando, y tanto las propuestas políticas como nuestras y nuestros representantes deben recoger el testigo lanzado por la ciudadanía si quieren seguir siendo una opción de gobierno con futuro.

Los jóvenes no están dispuestos a ser meros espectadores de lo que acontece, ni se conforman con depositar un voto cada cuatro años. Exigen estar presentes en la toma de las decisiones que afectan a su día a día -esa “manía” de los que quieren hacer valer el significado de “gobierno del pueblo” de las democracias- y poder acceder a la información sobre qué hacen y dicen nuestros representantes.

Debemos tener en cuenta algunos factores adicionales que nos muestran que las cosas están cambiando. Por ejemplo, en cuanto al apartado técnico la participación a través del voto telemático es ya una realidad. Mediante el mismo podríamos reclamar nuestro porcentaje de soberanía ciudadana para decidir sobre las leyes que se aprobaran en el Congreso. Y no bastaría otra cosa que acceso a Internet y poseer un DNI electrónico. Igualmente, esto nos permitiría un contacto mucho más directo con nuestros representantes políticos, sobre su actividad diaria y los gastos en los que incurre esa actividad. Por tanto, a día de hoy tener una democracia más participativa depende de la voluntad política más que de otra cosa.

También estamos asistiendo a una dinamización de la política en España; están cambiando los códigos, los mensajes, e incluso los rostros. Aunque todavía queda mucho para que se produzca el relevo generacional –la media de edad de los y las Diputadas es de 47 años, y en los Senadores de 55- sólo hay que echar un vistazo a quienes se han convertido en los rostros visibles de los viejos y nuevos partidos para ver el intento de todas las fuerzas políticas de adaptarse a los nuevos tiempos. En los últimos años personas como Alberto Garzón, Pedro Sánchez, Andrea Levy o Pablo Casado han dado un paso adelante en sus partidos, algunos de ellos convirtiéndose en los nuevos Secretarios Generales. Si sumamos a esta lista a dirigentes como Pablo Iglesias y Albert Rivera parece que Mariano Rajoy se convierte en la excepción que confirma la regla.

La irrupción de los nuevos partidos ha sido un terremoto en el tablero político, en buena parte por el hartazgo con las antiguas formas de hacer política. La larga fila de representantes políticos desfilando por los tribunales de un país donde el paro y la crisis hacen mella en la inmensa mayoría de la población ha supuesto la gota que colma el vaso, y la exigencia de cambios empezando por la propia Constitución y terminando en los modos de hacer política. Y es que hasta las formas han “rejuvenecido”. Hoy en día quien no tenga presencia en las redes sociales lo tiene muy difícil para gobernar. Éstas han sido una parte importante a la hora de conectar con los y las jóvenes, nativos del mundo digital. Así, las campañas virales con vídeos, montajes o memes están demostrando ser todo un éxito –La versión de Star Wars que hizo Podemos o la campaña “gatetes con Garzón” son un ejemplo de ello- dejando muy claro que han venido para quedarse.

Pero, ¿este cambio ha sido espontáneo, o han sido las demandas sociales las causantes de todo esto?

La crisis económica nos dejó perplejos en sus primeros años, con varios millones de personas que perdieron sus empleos ante un gobierno y unos organismos internacionales inoperantes. Pero quizá uno de los mayores daños fue el que se produjo en la mentalidad de la gente, ya que se nos intentó transmitir la idea de que nunca saldríamos de este pozo y que nos esperaba una vida entera de precariedad, cortando nuestras esperanzas e ilusiones de una vida digna y feliz. Pero hubo gente que no se conformaba con este aciago destino, y comenzó a organizarse para cambiar las cosas. Estaban hartos de precariedad, de tener que emigrar como hicieron sus abuelos, de trabajar gratis o por la voluntad “de rellenar el currículum” en una espiral infinita de explotación en contratos de prácticas. Y de este espíritu combativo surgieron movimientos como Juventud Sin Futuro y Democracia Real Ya, parte de la chispa que encendió la llama del 15-M.

El 15-M y todo lo que significó no se entiende, por tanto, sin los jóvenes. Este es el punto trascendental que quiero destacar. Desde que el mundo es mundo, la sociedad adulta ha visto en sus jóvenes la decadencia de su propia civilización. Ociosos, irrespetuosos y sin valores como disciplina o compromiso, todas las civilizaciones han pensado que sus jóvenes serían incapaces de mantener los logros conseguidos por ellos. Y en algunos casos se puede transmitir esa sensación: En Francia, la falta de expectativas de los jóvenes del extrarradio, en particular los hijos de inmigrantes acabó en varias ocasiones con los coches de media ciudad en llamas. En Londres ocurrió algo parecido, con saqueos y altercados masivos por todo el país. En España la cosa no llegó a tanto, si bien en los años previos a la crisis el foco estaba puesto en los “ni-nis”, esos jóvenes que ni estudiaban ni trabajaban –y tampoco tenían intención de ponerse a ello-. Una vez más, la imagen de la juventud como una clase ociosa y sin porvenir.

Y a pesar del mito –sin negar que obviamente existan algunos “ni-nis” por ahí- la juventud española no permaneció pasiva, ni tuvo la reacción explosiva de querer verlo todo arder. Esos jóvenes a los que les habían negado el futuro a pesar de ser la generación más preparada de la historia no montaron rabietas, sino que se organizaron y coordinaron para crear un movimiento social y político, para plantear alternativas frente a la tiranía de los poderes financieros y la actitud contraproducente de los partidos políticos. Ahí reside el gran valor de nuestra juventud, aquella de la que no se esperaba nada y, en cambio, se ha unido para plantar cara y tomar la iniciativa para conseguir entre todas y todos un mundo mejor.

Pedro Nicolás Martínez

Cámara Cívica